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Hay que aprender de las experiencias de Ouro Pretto o de las 36
mil comunas francesas.
El
Perú es uno de los países más desarticulados
de la tierra. No sólo por su accidentado, abrupto y rico
territorio nacional sino por la existencia de múltiples culturas.
Una sociedad múltiple de cerca de 30 millones de personas,
según últimas proyecciones que cuestionan la validez
del censo del 2005.
El
país cuenta con unos diez mil centros poblados, mil novecientos
distritos, veinticuatro departamentos, la Provincia Constitucional
de El Callao y la Metrópoli de Lima, habitas por 44 culturas
diferentes.
Cada
jurisdicción tiene características propias, que limita
cualquier proyecto de unidad. En los centros poblados se observa
una marcada subdivisión, inclusive entre barrios y calles.
En los cerros de Lima, los que viven en la parte baja ven con aires
de superioridad a los que llegaron después y se ubicaron
en las partes más altas. Qué distinta es la visión
desde Las Casuarinas, un observatorio privilegiado, donde las tarifas
de agua son menores que en las polvorientas avenidas del Sur y Norte
de la Lima virreinal - republicana.
Un
proceso de descentralización, de desconcentración
y regionalización del país tiene que incidir, primero,
en la integración de los lugares más lejanos del territorio.
La primera mirada tiene que ser a los pueblos de fronteras, a las
comunidades nativas que habitan la ribera de los caudalosos ríos
de esa selva amenazada, en algunos casos, por deshumanizadas empresas
petroleras y mineras.
El
espíritu comunitario que primaba en las culturas pre incas,
tema tan ensalzado por los historiadores, prácticamente ha
desaparecido en muchas zonas. Es un mito hablar de la solidaridad.
El canon minero y canon gasífero que reciben algunos municipios,
en lugar de ser gastados de manera urgente, han generado división
entre caseríos y distritos y mucho más entre los no
beneficiarios de estos fondos.
Puede
ser verdad que diversos pueblos no tengan capacidad instalada para
administrar de manera transparente los fondos públicos. Pero
¿dónde están los miles y miles de administradores
públicos de Lima y de las principales ciudades del país?
Mientras
la tecnocracia no de muestras de sensibilidad, la descentralización
no dará un paso adelante. Pero ojo. La voz del cambio se
respira en las provincias, y sus universidades tan criticadas por
un puñado de universidades capitalinas, van produciendo excelentes
profesionales, con muchos deseos de trabajar por su región.
El
manejo público no tiene porqué ser una entelequia,
una compleja maquinaria con cajas negras. El sentido común
prima en cualquier acto de la vida. Más temprano que tarde,
los administradores de los claustros provinciales asumirán
sus responsabilidades, y ya no habrá espacio para los enemigos
del proceso.
Región
Transparente, postula por una activa participación ciudadana
en la aprobación y control de los presupuestos. No basta
que un 20% de los fondos municipales sean administrados con participación
de la sociedad. La experiencia de Ouro Pretto en Brasil, es una
buena referencia que garantiza una mejor desconcentración
del gasto y la virtual eliminación de la corrupción.
También es bueno conocer la organización de 36 mil
comunas de Francia que cuentan con ágiles redes de administración
y distribución de los fondos.
La
Regionalización plantea la promoción de alianzas paralelas
entre departamentos, provincias, distritos, centros poblados y barrios.
La descentralización debe empezar de abajo hacia arriba.
Y no al revés.
Jorge
Zavaleta
Presidente del Comité Editorial
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