LUNA LLENA
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VUELO DE PÁJARO: TENDENCIAS GENERALES DE LA POLÍTICA
EN LA REGIÓN LATINOAMERICANA EN LA PRIMERA DÉCADA
DEL SIGLO XXI
Juan Rial
© Copyright Opinión Sur
LA CRISIS DE REPRESENTACIÓN
En América Latina los síntomas de “postdemocracia”[i]
son claros. Los partidos políticos, los integrantes
de la clase política, los parlamentarios y todos
los personajes vinculados a la actividad política,
están fuertemente desprestigiados. Concebida tradicionalmente
como un espacio donde constantemente se dirimen disputas
mediante confrontación y consenso, la política
hoy es otra cosa: un escenario. Nuevos caudillos tratan
de reinterpretar las esperanzas de los sectores excluidos
que conforman buena parte de la población. Recordemos
que la mitad de la población dispone de menos de
dos dólares diarios de ingresos. Estos nuevos caudillos
tienen que ocupar los medios de comunicación y adoptar
poses como poli-actores/trices que buscan encantar a la
opinión pública.
En la América Latina de hoy los vínculos
Estado-ciudadanía y la capacidad de agregar y articular
voluntades por parte de las organizaciones políticas,
están cuestionados y, en algunas regiones han perdido
la capacidad de representación efectiva. Los partidos
quedan reducidos, entonces, a ser meras máquinas
del proceso electoral que se ajustan a unas reglas que la
mayoría de los ciudadanos no considera adecuada.
La disputa por el poder se da en sociedades altamente desiguales,
con baja institucionalidad y con reglas de juego que no
son iguales para todos los actores. Más aún,
en las sociedades actuales, los partidos interactúan
con un sinnúmero de organizaciones sociales y con
los ciudadanos de forma independiente y a través
de los medios de comunicación.
La política enfrenta el descontento ciudadano. La
frustración provoca el voto contra una posición,
partido o dirigentes, pero no a favor de un programa. Cuando
aparecen líderes carismáticos se les pide
“todo” y el maximalismo es una tentación
permanente.
Los poderes económicos sostienen sus intereses sin
pasar por el marco estatal o gubernamental. Por otra parte,
aparecen nuevos actores. Son movimientos centrados en la
reivindicación de una identidad, con muy diversas
referencias, sobre todo las éticas. Unos afirman
su pertenencia a pueblos originarios de carácter
indígena, y otros hacen referencia al género.
Los movimientos regionales de ciudadanos pugnan por construir
nuevas formas de expresión y crean demandas que deben
ser atendidas. Movimientos de este tipo se han dado con
fuerza en los países andinos. Buena parte del gabinete
del presidente boliviano Evo Morales habla un lenguaje radical
que exalta el carácter indígena y la necesidad
que los “pueblos originarios” sean los que manden.
La estructura formal de la democracia implica la competencia
electoral y esto asegura a los partidos un espacio. Pero
pueden ser “estuches vacíos de contenido”,
que se prestan a la acción de cambiantes grupos de
interés, de “nuevos jefes,” y nuevas
formas de populismo. Saben que los recursos estatales son
limitados. En casos muy excepcionales, como el de los países
con abundante petróleo (cuyo precio ha subido notoriamente
en el mercado internacional) tienen un mayor margen de maniobra.
Por lo general, ante la falta de recursos, que no permite
practicar el clientelismo vertical y horizontal del pasado,
practican formas de política simbólica, combinadas
con alguna atención especial a los sectores menos
favorecidos, pero entonces enfrentan el descontento de los
debilitados estratos medios.
MOVILIZACIÓN Y REALISMO
MÁGICO
Algunos gobiernos practican una extraña paradoja.
Incluyen a los menos favorecidos pero como excluidos permanentes.
La fórmula paradójica es: inclusión
con exclusión. Estas formas de movilización
asistida abarca desde las “misiones” del régimen
de Chávez en Venezuela, hasta los “piqueteros”
argentinos. Algunos líderes han descubierto que una
forma exitosa de hacer política es promover la integración
de sectores sociales excluidos, manteniéndolos como
tales. Los subsidios se dan a grupos para seguir haciendo
lo de siempre, protestar por su condición social,
de modo que esa presión justifique el poder de los
dirigentes. En vez de un desarrollo vigoroso, incluyente
y sostenido, se da un circo-círculo vicioso.
CIUDADANOS EN FUGA
Ante esta situación se produce una “fuga de
ciudadanos”. Muchos dejan de interesarse en las actividades
formales relativas a la política. Sólo demandan
a través de los viejos mecanismos clientelísticos,
cada vez más estrechos, o a través de la protesta.
En muchos casos se comportan como “mano de obra”
no consciente de diversos intereses. Pero la mayoría,
excluidos de posibles beneficios estatales, desertan, fugan.
Pueden hacerlo literalmente, emigrando, aunque no signifique
que pierdan su arraigo familiar o territorial de origen,
como lo muestra el flujo de remesas, que para algunos países
ha pasado a ser un ingreso sustancial, o pueden hacerlo
moviéndose en el marco informal de la economía
y la sociedad, dejando de interesarse por los caminos formales
de la integración social.
LA ANTI-POLÍTICA
En buena parte de América Latina, especialmente
en la región andina y en algunos de los países
centroamericanos los partidos políticos ya no orientan
a la opinión pública; la siguen. En muchos
casos, son rechazados por ella. La formación de esa
opinión pública es ejercida por muy diversos
grupos de interés, muchos de ellos encabezados por
políticos que dicen que no lo son y muchas a veces
están al servicio de intereses empresariales. En
más de un caso el político es, él mismo,
también un empresario. Los partidos han perdido la
capacidad de movilización que exhibían en
el pasado. No resisten las demandas de corporaciones y grupos
de interés, y les es difícil permanecer en
la escena política, por lo que mantener su existencia
es un desafío constante y tienden a convertirse exclusivamente
en máquinas de arrastre electoral, desapareciendo
en los períodos entre las consultas populares.
En resumen, el problema básico que afecta a la región
es la falta de adecuación de las instituciones políticas
a los grandes cambios económicos, tecnológicos,
sociales y culturales que se han registrado en los últimos
años. Por lo tanto, el pensamiento dominante en los
años 90 sobre la consolidación de las incipientes
democracias de América Latina, necesita una fuerte
revisión.
QUO VADIS PNB
¿Hacia dónde se dirige América Latina
con estos cambios proyectados a partir de resultados electorales
que, según la denominación de algunos, llevan
a posiciones de centro izquierda?
El nuevo marco financiero internacional, a partir del cambio
de las relaciones con el FMI, luego del pago de la deuda
que tenían Argentina (unos 10 mil millones) y Brasil
(unos 15000 millones de dólares) ha dejado a ese
organismo internacional casi sin papel en la región.
El consenso de Washington ya no tiene capacidad operativa
por la ruptura de la “condicionalidad” impuesta
por las organizaciones de monitoreo y crédito. La
región en su conjunto entra en una etapa de incertidumbre
en materia de política económica.
Chile es claramente el país que mantiene su economía
abierta, orientada a la exportación, y que constituye
un lugar apreciado por parte de los inversores del exterior.
Otros países que dicen no seguir esas políticas,
en la práctica, siguen recorriendo el mismo camino.
A ello se agrega la continuada importancia de las remesas
de los emigrantes que hace que casi todos los países
de América Central y el Caribe –con la excepción
de Costa Rica- tengan como principal ingreso del exterior
a ese rubro, y que sea el segundo de Colombia y Ecuador
y tercero de México (país donde el monto alcanza
a unos 20.000 millones de dólares).
LA CUESTIÓN SOCIAL
Si en términos macroeconómicos, la región
presenta cifras favorables, la situación social sigue
siendo explosiva. América Latina es la región
del mundo que posee la mayor desigualdad social con una
continua acentuación de la polarización social
y con un 43% de sus habitantes afectados por el flagelo
de la pobreza. En este marco, las expectativas acerca de
la democracia, por lo general altas, no ayudan. La democracia
por si sola introdujo mecanismos para dirimir conflictos
por vía de las urnas en lugar de confrontaciones
armadas, pero obviamente no puede solucionar los problemas
referidos al empleo, la educación, la salud, y la
reducción de la pobreza.
Ninguna república puede sacrificar los derechos
de casi la mitad de la población sin perder legitimidad
para su régimen político. En este marco las
instituciones formales han perdido relevancia para la masa
ciudadana. Existe descontento, aunque no es con la, sino
en la democracia. La masa de los habitantes de la región
no quieren procesos represivos, o sufrir la pérdida
de libertades, pero anhelan un cambio en su situación
económica y social: los sectores más pobres,
para atenuar sus penurias, y los sectores medios para lograr
consolidarse en su muy precaria situación que amenaza
llevarlos hacia abajo en la escala social.
EL DESAFÍO
¿Qué medidas de macroeconomía se pueden
plantear como consenso post – Washington? Admitidos
los beneficios de la disciplina fiscal, de la contención
del gasto, de ciertas privatizaciones realizadas con controles
adecuados, de la instauración de unidades reguladoras
de servicios públicos, del establecimiento de bancos
centrales con grados de autonomía, y de simplificar
los sistemas impositivos, ¿qué debe seguir
ahora? ¿Cómo lograr más inversión
para asegurar el crecimiento y crear mejores oportunidades
de vida para la región?
Hasta ahora el problema central es que la inversión
extranjera ha creado muy poco empleo, pues las iniciativas
de tecnología de punta suelen requerir poco personal.
Un buen número de personas con habilidades, o al
menos con una título universitario o terciario, no
logra inserción en dichos proyectos. La masa de trabajadores
sin habilidades no tiene posibilidad de tener un empleo
formal, y pasa a ingresar en ese gran “ejército
de reserva” de desocupados y de informales, que trata,
simplemente, de sobrevivir en un marco desfavorable. La
constante modernización de los sectores económicos,
tiene como requerimiento personal mejor entrenado suponiendo
empleo genuino para algunos, pero no para todos los que
lo quisieran.
El problema es regional y global. La regulación
de actividades y su formalización es uno de los débitos
fuertes de casi todos los gobiernos y sus equipos económicos
y no sólo en América Latina sino en el mundo.
Preocupados por los grandes números, no atienden
los problemas sociales que ya han llevado a la quiebra a
más de uno de los regímenes políticos
de la región, como aconteció en Argentina
en el 2001 y en Bolivia en el 2003 y 2004.
Los datos demográficos indican que una clase media
cada vez más temerosa del futuro no asegura la reproducción
biológica de la sociedad y que la misma queda en
manos de los sectores bajos. Por lo tanto hay en proceso
nuevas generaciones de excluidos sociales ¿Qué
clase de programas pueden plantearse para reducir la desigualdad
social y reducir la exclusión? La idea de implantar
una renta básica, un pago parte en especie, en acceso
a la salud y educación, más un estipendio
mínimo, independientemente de tener o no una ocupación
no es factible financieramente por falta de un excedente,
de un plus adecuado. Entonces, ¿cómo lograr
que haya una ciudadanía social que acompañe
a la ciudadanía política? Esto, supondría
que se generen recursos necesarios para tener formas de
asistencia social adecuada. Por el momento ningún
país de la región puede afrontarlo.
LA TENTACIÓN AUTORITARIA
Así como se “informalizan” los mercados
laborales también ocurre lo mismo con la actividad
política. Pero, así como la economía
subterránea, en negro, informal, se articula con
la formal, esta informalización de la política
coexiste con las formas tradicionales, con la representación
parlamentaria, que suponen la realización de elecciones.
Sin embargo, las consultas electorales tienden a dar, cada
vez más, resultados poco favorables o claros para
la gobernabilidad. El electorado se fragmenta y da como
resultado parlamentos donde no hay mayorías que puedan
respaldar adecuadamente al Ejecutivo. Frente a este problema
surge como posible salida la generación de mayorías
fuertes, una suerte de “tiranía de las mayorías”
que acaricia la tentación autoritaria.
En ese marco, si bien se produce crecimiento económico,
muchas veces basado en la demanda agregada de ciertos productos
básicos, o en el uso más barato de la mano
de obra más que en el uso de producción tecnológicamente
avanzada, la región no obtiene los recursos necesarios
para alcanzar el estilo y calidad de vida que necesita buena
parte de la población. Quienes quieren manejar las
políticas principales del país apegados a
la ortodoxia propia de las pautas de gerencia enseñadas
en escuelas de negocios, tienen éxito en lograr ese
crecimiento, pero no siempre pueden enfrentar con éxito
las demandas. Esas demandas van más allá del
contenido reivindicativo económico y entran en el
campo de exigencias simbólicas por reconocimiento
de status, sea étnico, lingüístico o
muchos más veladamente de clase.
Las organizaciones políticas deberían cubrir
la brecha entre el manejo ortodoxo de la política
económica y esas demandas simbólicas. Unos
lo hacen negando las segundas y amparándose en argumentos
puramente racionales. Pero como bien se sabe las estadísticas
no despiertan pasiones, y olvidan que la política
es sustancialmente sentimiento. Otros realizan el procedimiento
a la inversa. Todavía no se ha logrado una fórmula
política que tienda a manejar estas visiones opuestas
y conflictivas.
NAVEGANDO EN PAZ PERO INSEGUROS
A pesar de la situación descripta de desinstitucionalización
y crisis de gobernabilidad que se da internamente en varios
de los Estados de la región latinoamericana, afortunadamente
y como resultado de una serie de factores, han desaparecido
la mayoría de las amenazas de confrontaciones tradicionales
entre los Estados. Actualmente los gastos militares son
relativamente bajos, pero no se puede asegurar que el problema
haya sido superado. La fuerte dependencia regional frente
a la única potencia mundial, situada en el mismo
hemisferio, hace que ningún país intente salir
del marco en el que la “paz” es la única
opción, aún con las excepciones que supone
la existencia de un Estado, Colombia, que no controla todo
su territorio. Consciente o inconscientemente, y con alguna
excepción retórica, en materia de geopolítica
se practica el “realismo periférico.”
En cambio, la situación de la seguridad pública
no es buena. La rápida urbanización de todo
el continente y la falta de oportunidades para conseguir
ingresos por buena parte de la población excluida,
favorece el aumento de la delincuencia, que además
adquiere connotaciones cada vez mas violentas ante la falta
de mecanismos de contención y frente a los intereses
cruzados que favorecen estas conductas.
En este marco Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa
y quizás hasta Daniel Ortega ensayan nuevamente la
posibilidad de un ciclo radical en la región. El
año 2007 presentará las primeras pautas del
futuro inmediato de la región.
Como otrora Colón, el continente se ha puesto en
marcha y navega. Tiene fe, y esperanza en el mar calmo,
el viento largo, y la estrella clara. Pero, como Colón,
no sabe bien adónde llega.
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[i]
El término fue propuesto por Colin Crouch, en su
libro Postdemocracia, Taurus, Madrid, 2004.