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RÉQUIEM POR UN SUEÑO O LOS ABISMOS DE LA COCAÍNA

Jorge Zavaleta Balarezo
Corresponsal - Pittsburg (USA)

 

La película 'Requiem for a dream' (distribuida comercialmente en América Latina con el título de 'Réquiem por un sueño'), del director Darren Aronosfsky, cuenta una de las historias más amargas y oscuras de narcodependencia, y es protagonizada por unos jóvenes que pierden su oportunidad de vivir y hasta de gozar la vida una vez que se embarcan en un viaje siniestro por los linderos de la cocaína y el crack.

El argumento presenta, básicamente, a tres personajes inmersos en el peligroso universo de la droga pero también a la madre de uno de ellos, atrapada por la influencia de la televisión, quizá una droga tan peligrosa como las sustancias tóxicas.

El filme muestra la violencia y los extremos a que lleva esta adicción, y connota, desde su mirada pesimista y fatal, un mundo igualmente desordenado, caótico, y con pocas esperanzas de sobrevivencia. Aunque esté ambientado en Estados Unidos, supuestamente la primera potencia del mundo, paraíso de muchos lujos y placeres, la mirada del director claramente da por sentado que estos relativos goces no hacen sino agravar la ya de por sí complicada vida de los jóvenes protagonistas.

La amenaza del hombre negro, al cual se liga permanentemente al vicio, y con una connotación evidentemente racista, se nos presenta cuando uno de los proveedores de droga, pertenecientes a esta minoría racial, es retratado como un ser perverso y sin alma, que seduce al personaje de Jennifer Connely, la niña bella por excelencia -blanca, virginal, de ojos azules- y logra obtener favores sexuales de ella a cambio de unas cuantos gramos de cocaína.

Esta es una de las escenas finales de la película y, si estamos atentos, el mensaje es, una vez más, muy claro. Detrás del cine de Hollywood, aun con directores progresistas o vanguardistas como Aronofsky, siempre existe una cuota de racismo e intolerancia y se viste al peligroso enemigo como un hombre de raza negra. Así como en otras películas se lo muestra como latino subdesarrollado o en los westerns antiguos se presentaba a los indios como “pieles rojas”, culpables, resentidos o faltos de inteligencia, que merecían morir a manos del hombre blanco para sellar la conquista del Oeste. Es increíble que una película supuestamente “distinta” sobre la droga no abandone estos prejuicios y estereotipos raciales.

Estamos, con esta estructura racial, ante la dicotomía blanco/no blanco que conecta con la de superior/inferior. El proveedor de droga no solo es negro sino un hombre pecaminoso, peligroso, malo, que promueve el vicio y seduce a la simbólica princesa de este anticuento de hadas. Un discurso sugerido se esconde, como entre líneas, en todo el “texto” de la película. Esta culmina mostrando el fin de los tres jóvenes que han buscado, cada cual, su propio infierno.

Aquello que Roland Barthes llamaría la sintaxis de una obra, está aquí plenamente enunciado a través de la continuidad de escenas que a su vez están compuestas por secuencias violentas, grises, depresivas, como sus propios protagonistas. Metáfora y síntesis de destrucción corporal y personal, de crisis sin salida, de desarraigo familiar, de jóvenes losers, 'Réquiem por un sueño' es también una condena al facilismo de la sociedad de consumo, articulada e industrializada tan perfectamente que no nos deja casi lugar para tener pensamientos, raciocinio propios.

La retórica del filme se manifiesta formalmente en un inteligente manejo de la cámara que registra escenas simbólicas del malestar que ocasiona esta situación adversa. Esta arquitectura narrativa tiene un solo objetivo: conceptualizar la tragedia, tema del filme. El gran angular, por ejemplo, se usa para mostrar situaciones opresivas, asfixiantes, como la de la angustia de la madre. La estética visual de la película responde, en general, a los dictados del vídeo clip: un montaje cada vez más cortante y acelerado, especialmente en los últimos treinta minutos de la cinta. En esta parte, como si se tratara de la urgencia de consumir la droga, en apariencia liberadora, se nos muestran decenas de imágenes. Algunas se reiteran y otras están bañadas por colores intensos o grises, de acuerdo a los sentimientos y sensaciones de los personajes.

Durante casi todo el relato fílmico, además, las imágenes son presentadas con una especie de resplandor, un haz de luz, que sigue a los personajes o entra por la ventana de las habitaciones. La sensación de iluminación que esta suerte de brillo otorga a las escenas desaparece al final de la película. Una interpretación sería que, como un baño de santidad e inocencia, protege a los protagonistas, a pesar de sus malos pasos, pero finalmente desaparece. Es como si la claridad, la blancura, la luz, mutaran en oscuridad y abandono.

Por otra parte, el supuesto placer que otorga la droga, como se visualiza en el filme, por las inhalaciones e inyecciones a los que se someten los protagonistas, no es interpretado como un ejercicio positivo, de relax ni de fantasía sana o buenas intenciones. Si bien se mantienen clichés -la manera del consumo, la rebeldía de los jóvenes, la presentación de los dealers-, la película connota asimismo la desazón personal ante una sociedad postindustrial que, a pesar de su desarrollo, no ofrece oportunidades reales de existencia y de llenar la vida de sus habitantes.

En ese sentido, esta es una crítica a la cultura del primer mundo, a la capacidad de elección y a la forma cómo la juventud está desorientada porque rápidamente se desengaña ante una patética realidad. Y desde allí, da el salto a una realidad “otra”, en definitiva más oscura y temible. La capacidad del postcapitalismo para desarrollar grandes complejos industriales y tecnológicos termina por encarcelar a jóvenes aventureros que se sienten confundidos, surcando salvajemente una ola infernal.

De allí que el título de la película sintetice esa desazón de los protagonistas que matan sus sueños, falseándolos. Cada consumo de droga es matarse un poco. En ese sentido, este sería un filme de tesis, que da a entender, efectivamente, cuán dañinas y peligrosas son las drogas. Si bien los estereotipos racistas pero también sociales, en general, están presentes, esta obra ofrece una mirada interesante al mundo de podredumbre que describe.

Aronofsky ha sido duramente criticado por su postura amarga, escéptica. Sin embargo, nosotros la llamaríamos realista y visceral. Aquella escena final en que uno de los jóvenes muestra su brazo amputado, producto de tanta inyección de droga, es fuerte y quizá traumática. Pero precisamente es con imágenes como ésta que el cine, particularmente el de hoy, construye sus significados, acercándose muchas veces violentamente a la realidad.

La riqueza del argumento en este caso radica en cómo desde un momento de aparente calma, vienen la furia y la tormenta, producidas, precisamente, cuando los jóvenes se dan cuenta que no hay posibilidad de retorno y que han estado jugando con fuego. Y ello está bien marcado en la cinta a través de las partes en que se divide, tituladas como las estaciones del año: así, el verano presenta los hechos, introduce la historia; el otoño y la primavera son momentos de tránsito, de duda, de espera, a veces muy graves; y el invierno es el instante de la inevitable tragedia.

Primero, se muestran imágenes idílicas, los jóvenes enamorados mirando un cielo celeste y con bellas nubes, el vecindario alegre y vital. Aunque podemos sospechar algo, aún no sabemos a ciencia cierta cuán grave es el problema que se va a exponer.

A partir de ese comienzo de ensueño, es que se tejen las historias de dolor. El filme cierra, como una antítesis del comienzo esperanzador, con escenas duras, lejos de cualquier belleza estética, idealizada o formal. Pero, incluso en esta parte, puede ensayarse una interpretación religiosa pues, al haber consumido el fruto prohibido (la droga) los jóvenes han recibido un castigo ejemplar. Y, además, dado el carácter de la película, no tienen posibilidad de redención. Así se cierra este círculo crítico y turbio. La fantasía del drogadicto lleva, en el terreno de lo real, a la desilusión y descomposición de la persona.

¿Producir más filmes como éstos ayudaría a detener el consumo de drogas? Eso no se puede afirmar. Es como pedir que la lectura de una novela cambie el mundo. Lo concreto es que es recomendable ver Réquiem por un sueño para acercarnos, desde su verismo y sus crudas imágenes, a ese universo que, muchas veces, conocemos más, precisamente, por las películas, pero que existe, como una lacerante herida.

La madre de uno de los jóvenes, de tanto mirar televisión termina traumatizada e increíblemente hospitalizada, entre delirios y pesadillas. Ello connota la presencia de los “mas media” hoy en día como verdaderas fuerzas, quizá oscuras, que aprisionan al ser humano, y lo vuelven adictivo. Como si se tratara de otra droga. Y es que, en el mundo de hoy, se vive una saturación y sobreoferta de información. En el caso de este personaje, vemos el papel nefasto que cumple la televisión, un medio que infla contenidos, especula con ellos y distorsiona la mente de miles de receptores humanos. La película, buscándolo o no, muestra así la pesadilla de la droga real, la cocaína, de su consumo, pero también de otra colectiva, muy poderosa, que desorienta y fanatiza.

Finalmente, podríamos anotar que 'Réquiem por un sueño' forma parte del variado, y a veces florido discurso hollywoodense sobre las drogas. Recordemos los casos de Caracortada de Brian de Palma, que presentaba a un traficante cubano en Miami en los años 80; la más madura y realista Traffic, de Steven Soderbergh; o la reciente Miami Vice, que se regodea en su estética visual y su trama policíaca. Son ejemplos, todos ellos, de un aparato ideológico que a través del cine hace consumir a los públicos de todo el mundo, más aún en estos tiempos de globalización, quizá otra droga peligrosa, la del pensamiento único, matriz, que no admite discrepancias.

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*Escritor y crítico de cine

 

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