El argumento
presenta, básicamente, a tres personajes inmersos en
el peligroso universo de la droga pero también a la
madre de uno de ellos, atrapada por la influencia de la televisión,
quizá una droga tan peligrosa como las sustancias tóxicas.
El filme muestra la violencia y los extremos
a que lleva esta adicción, y connota, desde su mirada
pesimista y fatal, un mundo igualmente desordenado, caótico,
y con pocas esperanzas de sobrevivencia. Aunque esté
ambientado en Estados Unidos, supuestamente la primera potencia
del mundo, paraíso de muchos lujos y placeres, la mirada
del director claramente da por sentado que estos relativos
goces no hacen sino agravar la ya de por sí complicada
vida de los jóvenes protagonistas.
La amenaza del hombre negro, al cual se liga
permanentemente al vicio, y con una connotación evidentemente
racista, se nos presenta cuando uno de los proveedores de
droga, pertenecientes a esta minoría racial, es retratado
como un ser perverso y sin alma, que seduce al personaje de
Jennifer Connely, la niña bella por excelencia -blanca,
virginal, de ojos azules- y logra obtener favores sexuales
de ella a cambio de unas cuantos gramos de cocaína.
Esta es una de las escenas finales de la
película y, si estamos atentos, el mensaje es, una
vez más, muy claro. Detrás del cine de Hollywood,
aun con directores progresistas o vanguardistas como Aronofsky,
siempre existe una cuota de racismo e intolerancia y se viste
al peligroso enemigo como un hombre de raza negra. Así
como en otras películas se lo muestra como latino subdesarrollado
o en los westerns antiguos se presentaba a los indios como
“pieles rojas”, culpables, resentidos o faltos
de inteligencia, que merecían morir a manos del hombre
blanco para sellar la conquista del Oeste. Es increíble
que una película supuestamente “distinta”
sobre la droga no abandone estos prejuicios y estereotipos
raciales.
Estamos, con esta estructura racial, ante
la dicotomía blanco/no blanco que conecta con la de
superior/inferior. El proveedor de droga no solo es negro
sino un hombre pecaminoso, peligroso, malo, que promueve el
vicio y seduce a la simbólica princesa de este anticuento
de hadas. Un discurso sugerido se esconde, como entre líneas,
en todo el “texto” de la película. Esta
culmina mostrando el fin de los tres jóvenes que han
buscado, cada cual, su propio infierno.
Aquello que Roland Barthes llamaría
la sintaxis de una obra, está aquí plenamente
enunciado a través de la continuidad de escenas que
a su vez están compuestas por secuencias violentas,
grises, depresivas, como sus propios protagonistas. Metáfora
y síntesis de destrucción corporal y personal,
de crisis sin salida, de desarraigo familiar, de jóvenes
losers, 'Réquiem por un sueño' es también
una condena al facilismo de la sociedad de consumo, articulada
e industrializada tan perfectamente que no nos deja casi lugar
para tener pensamientos, raciocinio propios.
La retórica del filme se manifiesta
formalmente en un inteligente manejo de la cámara que
registra escenas simbólicas del malestar que ocasiona
esta situación adversa. Esta arquitectura narrativa
tiene un solo objetivo: conceptualizar la tragedia, tema del
filme. El gran angular, por ejemplo, se usa para mostrar situaciones
opresivas, asfixiantes, como la de la angustia de la madre.
La estética visual de la película responde,
en general, a los dictados del vídeo clip: un montaje
cada vez más cortante y acelerado, especialmente en
los últimos treinta minutos de la cinta. En esta parte,
como si se tratara de la urgencia de consumir la droga, en
apariencia liberadora, se nos muestran decenas de imágenes.
Algunas se reiteran y otras están bañadas por
colores intensos o grises, de acuerdo a los sentimientos y
sensaciones de los personajes.
Durante casi todo el relato fílmico,
además, las imágenes son presentadas con una
especie de resplandor, un haz de luz, que sigue a los personajes
o entra por la ventana de las habitaciones. La sensación
de iluminación que esta suerte de brillo otorga a las
escenas desaparece al final de la película. Una interpretación
sería que, como un baño de santidad e inocencia,
protege a los protagonistas, a pesar de sus malos pasos, pero
finalmente desaparece. Es como si la claridad, la blancura,
la luz, mutaran en oscuridad y abandono.
Por otra parte, el supuesto placer que otorga
la droga, como se visualiza en el filme, por las inhalaciones
e inyecciones a los que se someten los protagonistas, no es
interpretado como un ejercicio positivo, de relax ni de fantasía
sana o buenas intenciones. Si bien se mantienen clichés
-la manera del consumo, la rebeldía de los jóvenes,
la presentación de los dealers-, la película
connota asimismo la desazón personal ante una sociedad
postindustrial que, a pesar de su desarrollo, no ofrece oportunidades
reales de existencia y de llenar la vida de sus habitantes.
En ese sentido, esta es una crítica
a la cultura del primer mundo, a la capacidad de elección
y a la forma cómo la juventud está desorientada
porque rápidamente se desengaña ante una patética
realidad. Y desde allí, da el salto a una realidad
“otra”, en definitiva más oscura y temible.
La capacidad del postcapitalismo para desarrollar grandes
complejos industriales y tecnológicos termina por encarcelar
a jóvenes aventureros que se sienten confundidos, surcando
salvajemente una ola infernal.
De allí que el título de la
película sintetice esa desazón de los protagonistas
que matan sus sueños, falseándolos. Cada consumo
de droga es matarse un poco. En ese sentido, este sería
un filme de tesis, que da a entender, efectivamente, cuán
dañinas y peligrosas son las drogas. Si bien los estereotipos
racistas pero también sociales, en general, están
presentes, esta obra ofrece una mirada interesante al mundo
de podredumbre que describe.
Aronofsky ha sido duramente criticado por
su postura amarga, escéptica. Sin embargo, nosotros
la llamaríamos realista y visceral. Aquella escena
final en que uno de los jóvenes muestra su brazo amputado,
producto de tanta inyección de droga, es fuerte y quizá
traumática. Pero precisamente es con imágenes
como ésta que el cine, particularmente el de hoy, construye
sus significados, acercándose muchas veces violentamente
a la realidad.
La riqueza del argumento en este caso radica
en cómo desde un momento de aparente calma, vienen
la furia y la tormenta, producidas, precisamente, cuando los
jóvenes se dan cuenta que no hay posibilidad de retorno
y que han estado jugando con fuego. Y ello está bien
marcado en la cinta a través de las partes en que se
divide, tituladas como las estaciones del año: así,
el verano presenta los hechos, introduce la historia; el otoño
y la primavera son momentos de tránsito, de duda, de
espera, a veces muy graves; y el invierno es el instante de
la inevitable tragedia.
Primero, se muestran imágenes idílicas,
los jóvenes enamorados mirando un cielo celeste y con
bellas nubes, el vecindario alegre y vital. Aunque podemos
sospechar algo, aún no sabemos a ciencia cierta cuán
grave es el problema que se va a exponer.
A partir de ese comienzo de ensueño,
es que se tejen las historias de dolor. El filme cierra, como
una antítesis del comienzo esperanzador, con escenas
duras, lejos de cualquier belleza estética, idealizada
o formal. Pero, incluso en esta parte, puede ensayarse una
interpretación religiosa pues, al haber consumido el
fruto prohibido (la droga) los jóvenes han recibido
un castigo ejemplar. Y, además, dado el carácter
de la película, no tienen posibilidad de redención.
Así se cierra este círculo crítico y
turbio. La fantasía del drogadicto lleva, en el terreno
de lo real, a la desilusión y descomposición
de la persona.
¿Producir más filmes como éstos
ayudaría a detener el consumo de drogas? Eso no se
puede afirmar. Es como pedir que la lectura de una novela
cambie el mundo. Lo concreto es que es recomendable ver Réquiem
por un sueño para acercarnos, desde su verismo y sus
crudas imágenes, a ese universo que, muchas veces,
conocemos más, precisamente, por las películas,
pero que existe, como una lacerante herida.
La madre de uno de los jóvenes, de
tanto mirar televisión termina traumatizada e increíblemente
hospitalizada, entre delirios y pesadillas. Ello connota la
presencia de los “mas media” hoy en día
como verdaderas fuerzas, quizá oscuras, que aprisionan
al ser humano, y lo vuelven adictivo. Como si se tratara de
otra droga. Y es que, en el mundo de hoy, se vive una saturación
y sobreoferta de información. En el caso de este personaje,
vemos el papel nefasto que cumple la televisión, un
medio que infla contenidos, especula con ellos y distorsiona
la mente de miles de receptores humanos. La película,
buscándolo o no, muestra así la pesadilla de
la droga real, la cocaína, de su consumo, pero también
de otra colectiva, muy poderosa, que desorienta y fanatiza.
Finalmente, podríamos anotar que 'Réquiem
por un sueño' forma parte del variado, y a veces florido
discurso hollywoodense sobre las drogas. Recordemos los casos
de Caracortada de Brian de Palma, que presentaba a un traficante
cubano en Miami en los años 80; la más madura
y realista Traffic, de Steven Soderbergh; o la reciente Miami
Vice, que se regodea en su estética visual y su trama
policíaca. Son ejemplos, todos ellos, de un aparato
ideológico que a través del cine hace consumir
a los públicos de todo el mundo, más aún
en estos tiempos de globalización, quizá otra
droga peligrosa, la del pensamiento único, matriz,
que no admite discrepancias.
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*Escritor y crítico de cine
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