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UN LARGO PASO HACIA ATRÁS Y OTRO MENOR HACIA DELANTE

Por: Darío I Restrepo Botero (1)

Hacia atrás se observa una contribución de la descentralización a la construcción de los Estados latinoamericanos a través de una importante expansión de la presencia de instituciones en territorios poco regulados e intervenidos. Hoy se eligen centenares de mandatarios locales más que antes. La creación de municipios y el traspaso de funciones y recursos obligan crear instituciones, normas y regulaciones locales, especializar burocracias y aumentar el conocimiento sobre el territorio. La arquitectura descentralizada estimula de aparición de agremiaciones que disputan la representación política, el fortalecimiento de organizaciones sociales articuladas por las demandas locales y se generan actividades empresariales alrededor de las funciones y recursos transferidos. En sentido estricto, la descentralización expande el Estado, los sistemas políticos y la representación en el territorio, así como refuerza la extensión del mercado, las empresas estatales, privadas, sociales y comunitarias.

Pero una cosa es difundir y expandir el Estado y el mercado, otra muy diferente desconcentrar el uno y el otro. A pesar de los importantes recursos públicos comprometidos en los procesos y de la nada despreciable creación institucional, sigue siendo característica principal la centralización y concentración del poder tanto privado como estatal en Estados altamente diferenciados y fragmentados. La población, las principales actividades económicas y las inversiones estatales no son estáticas, se mueven con ciertas tendencias a la re localización, pero de manera lenta, y en todo caso, siguiendo un patrón de altas diferenciaciones territoriales. Es bastante dispar la distribución del poder económico y de la representación política de los territorios en la nación. Los sistemas políticos y los mecanismos de asignación de recursos han abierto una puerta al debate de la equidad territorial en la distribución de recursos ligados a la política social, en particular para la salud, la educación y la lucha contra la pobreza. Pero el resto de decisiones de inversión y desarrollo de proyectos sigue presa de un desprecio por equiparar capacidades productivas entre los territorios. La re localización espacial de las inversiones está inspirada por una mejor inserción y adaptabilidad a la internacionalización de la economía. Pareciera que, al aumento de la representación política por abajo, le faltara el complemento de un mejor equilibrio de la representación de los territorios en los congresos y la distribución de los presupuestos nacionales.

Las capacidades de generalización de las oportunidades de desarrollo conexas o imputables a la descentralización están presas del límite social. La cuestión territorial en la década del sesenta y setenta trató básicamente de ampliar los mercados nacionales para lo cual debía equiparar dotaciones mínimas que condujeran, además, a la convergencia inter regional de desarrollo. La planificación nacional se acompasó de instrumentos de regionalización de la planeación del desarrollo y de la prestación de servicios. Esa política combatió, con resultado insuficiente pero tendencial, las disparidades regionales. Una mayor integración nacional resultaba de polos de desarrollo alternos enlazados por una jerarquía funcional de ciudades, centros extractivos, manufactureros y de consumo, con lo cual, se ampliaba e integraba más territorios al mercado nacional. Esta tendencia fortaleció nuevas fuerzas regionales, la perseverancia y radicalidad de las políticas suponía avanzar en “descentralizar el modelo de desarrollo y el Estado centralizado”. Estos sentidos dominantes de la cuestión territorial fueron anteriores al Consenso de Washington, que giró la atención hacia un municipalismo para la prestación de servicios básicos, la focalización de la política de asistencia para pobres, el incentivo a la competencia entre entidades territoriales por las bolsas de proyectos y subsidios y además, a la utilización de las políticas territoriales para derruir regulaciones y constricciones a la movilidad de la inversión privada. Con la descentralización de la década del ochenta y noventa se abandonaron buena parte de las experiencias de desarrollo económico territorial de los sesenta y setenta.

La tendencia a la convergencia entre entidades territorial cedió desde entonces y los desequilibrios regionales se acrecentaron. Quizás por eso cunde hoy en todo el subcontinente latinoamericano una afanosa búsqueda por experimentar nuevas alianzas para el desarrollo económico local, con escaso apoyo definitivo de las políticas centrales en comparación a la masiva movilización local alrededor de las urgencias del desarrollo territorial. La descentralización en la primera década del siglo está siendo rebasada desde los territorios, por lo que han de suceder consecuentes ajustes centrales para encauzar las dinámicas locales. Las asociaciones territoriales también expresan el temor a la micro fragmentación que aminora capacidad técnica y de gestión, en cambio la agremiación fortalece la representación política mediante la mancomunidad de esfuerzos hacia la consecución de recursos para el desarrollo.

No obstante, las carencias acumuladas de la descentralización para el desarrollo no dan espera. La opinión pública y las elites políticas parecen coincidir en un interés por respaldar una u otra opción hacia la centralización de las estrategias por la equidad y el crecimiento. De ninguna manera se afirma el desinterés público por lo local, sino que revela un estado de conciencia, o de ánimo, que reconoce el protagonismo determinante del gobierno nacional en las variables fundamentales de la producción de riqueza y pobreza. La agenda del desarrollo y la democracia en estos primeros años del siglo está dominada por las opciones de internacionalización, el apego o la ruptura con el Consenso de Washington y el neoliberalismo. La opinión pública sabe que estas definiciones determinan la distribución general de las oportunidades de realización política y económica entre grupos sociales y territorios. Es posible que cualquiera sea el balance de poderes nacionales en estos asuntos, a los territorios internos les espere un mayor protagonismo que se extendería desde la prestación de servicios, hasta la intervención directa sobre la ampliación de mercados locales. El detalle que haría la diferencia entre las opciones podría residir en el vínculo con la globalización, el cual podría generar combinaciones dicotómicas o mezcladas entre: una mayor o menor competencia entre multinacionales en los territorios y de estos últimos entre ellos por atraer inversiones, o una mayor intervención estatal, incluso supra estatal sobre opciones, integraciones y jerarquías territoriales, o aun también, una construcción de capacidad local de desarrollo territorial endógeno.

La forma de organización espacial del Estado por sí misma no conduce a más desarrollo, ni a una mayor difusión e integración de los mercados. Tampoco la espacialidad estatal garantiza más y mejor democracia. Para todos estos asuntos se requiere volver evidente los contenidos sociales y políticos en disputa alrededor de formas espaciales concretas. En todo caso, los procesos de descentralización no resuelven las fracturas de los Estados en América Latina. Es imputable al ajuste neoliberal estructural y a la globalización subordinada el desprecio por la integración de mercados internos y la construcción nacional. La coincidencia histórica entre la actual fase de la mundialización con la descentralización potencia en esta última su contribución a la dispersión política interna ante las fuerzas disgregadoras externas. Por eso quizás, los nacionalismos de comienzos del siglo desconfían del pluralismo local y reivindican intereses sociales nacionales a partir de un remozado centralismo.

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(1) Investigador y catedrático de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Licenciado del Instituto Superior de Filosofía de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Especialista en economía y sociología política. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia. Posee investigaciones sobre la violencia en Colombia, el régimen político, la participación ciudadana, la lucha contra la pobreza, el proceso de globalización y el desarrollo regional. Fundador y vise presidente la Fundación para la Participación Comunitaria, PARCOMÚN.


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