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Una colaboración
de la revista Opinión Sur - Argentina

¿COMPETENCIA Y/O COLABORACIÓN?

Por: Roberto Sansón Mizrahi
© Copyright Opinión Sur


¿Es la competencia el motor de la economía y de los procesos históricos que la sustentan o lo es la colaboración? ¿Es ésta una antinomia de opuestos que se excluyen? ¿O tal vez competencia y colaboración conformen una relación dialéctica –dos caras de una misma moneda- que estaría en la base del desarrollo económico, de la producción y de la consecuente distribución de ingresos? ¿Será que la dialéctica entre competencia y colaboración está también presente en las relaciones interpersonales tanto en el seno de la familia, como en la escuela, en el trabajo, entre vecinos o entre ciudadanos? ¿Habrá competencia y colaboración en los procesos biológicos? ¿Se podrá incidir para lograr que emerjan determinados resultados de una dialéctica de colaboración y competencia? ¿Disponemos de una brújula ética para orientar nuestra intervención o será tan sólo la síntesis de intereses prevalecientes la que determinará el rumbo? ¿Contamos con timón y timoneles para conducir procesos multidimensionales de colaboración y competencia?

Comencemos con ejemplos

Competencia y colaboración se presentan generalmente como fuerzas o actitudes opuestas pero estamos insinuando que quizás hagan parte de una relación dialéctica donde ambas fuerzas interactúan -ayuda una a moldear la otra- y juntas inciden sobre la realidad. En ese sentido podría decirse que se complementan y que tejen en conjunto el entramado de relaciones que hacen a cualquier proceso de desarrollo y de interacción social.

Hay muchos ejemplos que pueden testimoniar esto, aunque es sabido que la simple acumulación de casos no alcanza para constituir una teoría o sostener una tesis. De todos modos comencemos revisando algunos de esos ejemplos.

En el campo de la producción de bienes y servicios existe obviamente la competencia. Quien fabrica un producto o presta un servicio compite con otros productores que ofrecen productos y servicios semejantes. Pareciera evidente que lo que una unidad de producción vende no lo vende la otra. El mercado tiene a corto plazo una cierta dimensión y los diversos productores compiten por un pedazo de esa torta. Sin embargo, en más de un sentido están al mismo tiempo colaborando.

Por de pronto, no suele ser un productor individual sino el conjunto de “competidores” quien genera o reafirma en la voluntad de los demandantes la noción que la producción ofrecida es necesaria y tiene un valor por el que vale pugnar y asignar recursos para poder adquirirla.

Por otra parte, la producción también genera efectos multiplicadores expresados en demandas de aquellos insumos y materias primas que se producen localmente, así como en salarios pagados, impuestos y otros ingresos públicos y privados. Ello fortalece la demanda agregada que alimenta a los oferentes y deviene un componente crítico del mercado.

Más aún, las empresas no operan aisladamente sino en redes económicas, en cadenas de valor, en clusters o conjuntos de empresas semejantes o complementarias. Esa pertenencia permite que se desarrollen relaciones entre unidades económicas que son de colaboración y de competencia. Las empresas se necesitan unas a otras para poder desarrollar tecnologías, gestionar infraestructuras de apoyo, obtener una fuerza de trabajo lo más calificada posible, incluso para posicionar una “marca país” o una “marca local o regional”. Pero, al tiempo que establecen relaciones de colaboración, también compiten por obtener mayores cuotas de mercado y márgenes de beneficios minimizando costos y maximizando precios. Esto es, con sus proveedores las empresas desarrollan relaciones de colaboración para que los suplan bien y, al mismo tiempo, compiten por márgenes de beneficios; con sus consumidores trabajan para desarrollar lealtades pero pugnan por obtener mayores ingresos; con el Estado establecen relaciones de colaboración para disponer de infraestructura básica y un marco regulatorio que las favorezca pero, al mismo tiempo, buscan reducir la carga impositiva a través de incidir en la política fiscal o desarrollando mecanismos para descargar parte de su responsabilidad contributiva. Es decir, en las relaciones entre actores económicos se entremezclan aspectos de competencia y de colaboración en muy diversas y cambiantes combinaciones.

A nivel de relaciones familiares existe también muchas veces competencia, sea entre cónyuges, entre hermanos, entre primos, etc., y sin embargo, la estrecha colaboración entre miembros de una familia es esencial para lograr un buen desarrollo del conjunto familiar y de cada uno de sus integrantes como individuos.

En escuelas y colegios pueden contraponerse actitudes de alumnos que buscan aprobar exámenes y lograr mayor grado de independencia con la dinámica de autoridades y profesores que procuran cumplir con planes de estudio y asegurar cierta disciplina funcional. Pero está claro que todos ellos conforman a su vez una única comunidad educativa que requiere de buenos grados de colaboración interna para poder satisfacer las aspiraciones de cada uno de sus integrantes. En esos espacios algunos alumnos compiten además por calificaciones al tiempo que colaboran entre ellos para facilitar el estudio y las relaciones con sus maestros y profesores.

En el deporte por equipos los jugadores necesitan colaborar estrechamente para asegurar el triunfo y, sin embargo, compiten al mismo tiempo para quedarse con la titularidad de sus puestos.

En verdad existen múltiples situaciones políticas, religiosas y sociales donde ciertos grupos, partidos u organizaciones compiten por la preferencia o afiliación de las personas y, sin embargo, necesitan a la vez desarrollar relaciones de colaboración para que entre todos puedan asegurar el normal desarrollo de los sistemas de los que hacen parte.

Combinando colaboración y competencia

De este modo, y más allá de los ejemplos ofrecidos (que son tan sólo ejemplos y quizás algunos algo imperfectos), la cuestión sobre la que valdría llamar la atención es que colaboración y competencia podrían así actuar en los procesos económicos y sociales(1) como un motor de doble alimentación que ayuda tanto a definir la estructura de esos procesos como a impulsar su dinámica. Conformarían una conjunción de fuerzas generadoras de energía social que valdría aprender a administrar porque, de hacerlo bien, permitiría alinear constructivamente voluntades y, de hacerlo mal, produciría fricciones destructivas.

Es que alguna dosis de competencia mantiene alerta a los diferentes actores en su permanente búsqueda de mejores resultados, les ofrece referencias donde compararse, estimula la creatividad y evita que se despreocupen por sus objetivos o, como se dice en criollo, que lleguen a “achancharse”.

Por su parte una competencia exacerbada puede generar serios problemas, enervar las relaciones entre actores e impedir la colaboración para beneficio del conjunto. Si primase un fuerte y puramente egoísta afán puede llegarse a afectar el rumbo sistémico y trabar, como muchas veces sucede, la potencialidad de desarrollo de una comunidad o de un país.

De igual modo una dosis de colaboración entre actores que son en ciertos aspectos competidores es imprescindible para poder encarar temas y circunstancias que afectan al conjunto y que sobrepasan y condicionan a cada actor individual. Esta colaboración es crítica para lograr un efectivo funcionamiento del sistema económico, un buen sistema político, una estructura social justa y armoniosa, un sistema educativo que forme apropiadamente a nuestras juventudes, religiones abiertas y tolerantes que desarrollen nuestra espiritualidad y solidaridad, familias que sepan nutrir y contener, organizaciones de desarrollo, sindicales, empresariales, culturales o deportivas que contribuyan al bienestar general.

Cual es la proporción adecuada de colaboración y competencia es algo difícil de recetar porque irá variando según las circunstancias y la singularidad de cada situación. Lo que si pareciera prudente considerar es que “todo de una fuerza y nada de la otra” tiende a provocar más dificultades que soluciones. Es muy posible que tanto la colaboración como la competencia aporten lo suyo y estaría en el arte de la conducción saber combinarlas constructivamente.

El timón, los timoneles y la imprescindible brújula ética

¿Cómo conducir entonces procesos que son siempre heterogéneos en contextos donde coexisten la competencia y la colaboración? Difícil contestar. Por de pronto se requerirá de un timón, de timoneles y de una cierta brújula ética para orientar el rumbo.

¿Cuál es el timón? ¿Es que lo hay? Pareciera que si se trata de conducir procesos complejos las similitudes marineras no resulten suficientes para capturar la esencia y la dinámica de lo que sucede. Pero la tentación de simplificar y de utilizar alegorías manejables es grande por más que terminen siendo del todo imperfectas. Con esa advertencia se podría pensar en dos remos principales que, al interactuar, van de hecho timoneando el proceso. Uno de ellos está conformado por los intereses y el otro por los valores.

Intereses y valores se influencian mutuamente. Para orientar el proceso de que se trate habrá que alinearlos; esto es alinear intereses entre sí y valores entre sí y, en simultáneo intereses con valores. De esa alineación surgiría la dirección. Por lo que el timón sería en verdad el resultado del propio esfuerzo de alineación de interés y valores.

Está claro que alineación no quiere decir homogeneización que, en el caso de procesos sociales y económicos, podría significar destrucción de singularidades, empobrecer la creatividad e imponer senderos únicos de búsqueda. Por el contrario, alineación implica preservar la valiosísima diversidad de los sistemas, de ahí justamente la necesidad de alinear aquello que es y seguirá siendo diverso.

Pero claro, no nos movemos en un vacío de circunstancias sino en un contexto lleno de situaciones que cambian y se transforman con el tiempo. Es como la navegación en la que importa el navío, su estructura y funcionalidad incluyendo el timón, pero también pesan las condiciones de su entorno: metereológicas, vientos, corrientes superficiales o subterráneas, arrecifes y otros peligros entre muchos otros factores. Por cierto importa saber el puerto al que deseo llegar, cosa que exige fijar un rumbo, y el apuro para arribar, que viene también asociado con el motivo y la significación del viaje.

Definido el significado del esfuerzo, el rumbo perseguido y el apremio por alcanzar objetivos entonces, sí, habrá que conseguir el apropiado capitán, el timonel y todo el equipo que los secunde. Porque los procesos entrañan complejidades y potencialidades que habrá que desentrañar para intentar incidir sobre sus dinámicas y direccionalidad. Ello demandará una concertación que va mucho más allá del equipo de conducción general, aunque éste obviamente tiene importancia estratégica. Serán necesarios quienes ayuden a definir la significación de los esfuerzos, aquellos que se preocupen por sugerir direccionalidades acordes con intereses y valores, los que sepan de motivaciones y del funcionamiento del sistema social y económico, los especialistas en capital social, en tecnología y en productividades, quienes eduquen, contengan y orienten a jóvenes y niños, quienes cuiden de la salud física y psicológica de todos y cada uno, quienes velen por la seguridad y la justicia, y muy especialmente quienes sepan y quieran emprender, generar y sostener iniciativas sociales y económicas. Un complejo equipo que, en su mejor punto, nos incluiría a todos.

Entonces, alertemos a nuestro entendimiento que no es sólo la economía, la política o la tecnología lo que cuenta sino la conjunción de las diversas esferas y, por sobre todo, que resulta decisivo el significado y la motivación del hacer. Para esto vale disponer de una bien conformada brújula ética. Digámoslo con sencillez: se trata en esencia de determinar lo que verdaderamente se quiere satisfacer con el hacer. Buen tema para retomar en un próximo artículo.

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(1) Queda para otros con mayor conocimiento considerar si esta dialéctica competencia-colaboración pudiera jugar algún rol a nivel del micro cosmos subatómico o del macro cosmos.

Lea la revista Opinión Sur en el siguiente link: www.surnorte.org.ar/opinionsur/

 

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