Que César esté a punto, gracias
a sus victorias, de ser “algo más” en
esta jerarquía de poder, obviamente causa rechazos,
celos, envidias. A Shakespeare le preocupan, quizá,
un poco más que las intensas motivaciones de lo que
ahora sería considerado un magnicidio la misma psicología
de los autores del crimen, el porqué de este desbalance
en un orden.
Que la conspiración ocupe más
de la mitad del argumento es un indicador seguro de que
las intenciones del autor, por un lado, buscan cierta sensibilización,
un reconocimiento respecto a un “gran tema”.
Por otra parte nos muestra, con los cómplices de
esta rebelión que esa organización secreta
puede resultar tan frágil e inocente, a pesar de
los resultados parcialmente exitosos.
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La conspiración encabezada por Bruto y Casio contra
Julio César, a la que se suma un grupo de cómplices,
no sólo es el hecho histórico que Shakespeare
toma directamente de Plutarco, sino que constituye, en la
mente y pluma del inmortal dramaturgo inglés, una
muestra de la ambición desmedida, un “juego
de emociones”, una apelación al “otro”
y, como telón de fondo, el gran cambio que ocurre
a partir de este hecho de la vida real, el paso a un estado
distinto, políticamente hablando, en Occidente. Una
suerte de cisma que, a su vez, es un nuevo enfoque del mundo
que se gesta, precisamente, a partir del asesinato de César
y que considera, en Roma, el tránsito de la República
al Imperio.
Que César esté a punto, gracias a sus victorias,
de ser “algo más” en esta jerarquía
de poder, obviamente causa rechazos, celos, envidias. A
Shakespeare le preocupan, quizá, un poco más
que las intensas motivaciones de lo que ahora sería
considerado un magnicidio —el asesinato de un gobernante—
la misma psicología de los autores del crimen, el
porqué de este desbalance en un orden establecido.
Bruto, en este contexto, resulta, finalmente, una figura
excepcional, con una carga significativa de referentes e
ideas, de un modo de “pensar” y “sentir”
que encuentra su propia expiación o sanción.
Al mismo tiempo, Marco Antonio, en su famoso responso —un
enorme discurso persuasivo, digno de registrarse más
allá de la propia literatura— también
se revela como un líder que convoca y convence a
la multitud con un giro en su inteligente oratoria que sorprende,
que no elude los detalles, que, una y otra vez, presiona,
insiste y logra su objetivo.
La conspiración, pues, al interior de la tragedia
shakespeariana, es un vehículo motor, un generador
de futuros acontecimientos cruciales, asimismo trágicos
—ellos también y en el sentido más contemporáneo
de la palabra— y, en sí misma, constituye un
hecho que, además de consecuencias luctuosas y sobre
ellas, de naturaleza ideológico política,
revela una cierta naturaleza, casi inmutable, de esos seres
conflictivos a los que con frecuencia acude Shakespeare
para dar forma y conjunto a sus obras más celebradas.
Precisamente la tragedia de Julio César está
incluida en ese grupo de obras mayores, con Hamlet, Macbeth
o Romeo y Julieta. René Girard, en torno a este proceso
trágico, que él llama, en teoría, perfectamente
mimético, reflexiona sobre dos hechos fundamentales
a los que lleva la conspiración contra César.
El primero es el carácter de “chivo expiatorio”
del estratega romano, por último traicionado y asesinado,
culpable de encabezar un sistema que quiere ungirlo mas
allá de lo permitido, según sus enemigos.
Casio recuerda, no sin ira, que él es mejor que César
y que no puede someterse a su poder. Casio será quien
lleve al cambio de mentalidad en Bruto y lo convenza de
este movimiento opositor.
El segundo hecho es el del “sacrificio inaugural”.
Girard toma con pinzas los sucesos y, mezclando la ficción
que propone Shakespeare con los sucesos de la Historia,
propone que el de César es un sacrificio que anuncia
y preludia otros más pero que, en su condición
iniciática, abre vías diversas y complicadas
para nuevos conflictos. A la luz de esta mirada de Occidente
sobre sí mismo, es que también podemos sugerir,
no sin cierta reserva, que Shakespeare es, además
de un profundo conocedor del alma humana, un cercano seguidor
de la política como campo de batalla, como tablero
de ajedrez, donde reyes y reinas, peones y alfiles juegan
cada vez más y muy intensamente un rol determinante.
¿Cuándo ocurre, realmente, la sanción
contra César? Los presagios —la leona que pare
en medio de la calle, las estatuas que lloran sangre, los
anuncios del adivino acerca de los idus de marzo—
nos aproximan a un estado del que vamos tomando conciencia
y cuya verdad va siendo revelada. Pero, en sí misma,
esta penalidad definitiva creemos encontrarla en el diálogo
entre el propio César y Decio. La gala persuasiva
del segundo, que oculta las motivaciones del crimen mayor,
está definiendo el futuro del protagonista y es una
auténtica “vuelta de tuerca” en la obra:
CÉSAR:
La causa es mi voluntad; no quiero ir.
Esto bastará para contentar al Senado. Pero para
tu propio beneficio, porque te estimo, te digo. Calpurnia,
mi esposa, me quiere en casa. Soñó anoche
que mi estatua, como una fuente con cien bocas, chorreaba
sangre pura, y muchos romanos fornidos sonreían,
mientras bañaban sus manos en la sangre. Ella toma
este sueño por presagio de peligros inminentes, y
me ha rogado de rodillas que hoy me quede en casa. DECIO:
Ese sueño ha sido mal interpretado. Es una visión
muy dulce y auspiciosa la de tu estatua chorreando por cien
caños una sangre en la cual tantos romanos sonrientes
se bañaban. Significa que Roma absorberá de
ti la savia fortalecedora, y que todos los notables se pelearán
por sus tintes, sus reliquias y blasones.
Esto es lo que encierra el sueño de Calpurnia. CÉSAR:
¡Y qué bien lo has interpretado!
(Segundo Acto, Escena Dos) Sin ese diálogo, sin esa
demostración brillante de reinterpretación
de los presagios, sin ese ardid que se corresponde con motivaciones
de un grupo interesado, la obra no avanzaría ni tampoco
alcanzaría su clímax como espléndidamente
lo consigue. En cuanto a Bruto, una vez que se suma a la
conspiración y la co-lidera, vemos en él a
un personaje inicialmente dubitativo. En las partes finales
de la obra, parece, como un cargo de conciencia, que el
sentir del “fantasma” en César lo hiciera
dudar de unas convicciones que nunca son en realidad tales.
Si Casio lo convenció, su propia tortura mental,
la profundidad psicológica que Shakespeare describe
y descubre en él, nos dan cierta talla moral del
personaje.
Bruto es manipulado y a la vez manipula. La trama de Julio
César de ninguna manera quiere convencernos de que
la actitud de los conspiradores es necesariamente positiva
o negativa o indiscutiblemente necesaria. No, de lo que
se trata aquí —y el autor es un obrero de su
propia pluma— es pintar un cuadro de actitudes y sentimientos
a partir del cual el espectador, el lector, toman en cuenta
ciertas coordenadas que se nos brindan, primero, dosificadas,
y luego, en un ritmo más apurado, tenso, que se pueden
comparar, por su acumulación, a un gran estallido.
Que la conspiración ocupe más de la mitad
del argumento es un indicador seguro de que las intenciones
del autor, por un lado, buscan cierta sensibilización,
un reconocimiento respecto a un “gran tema”.
Por otra parte nos muestra, con los cómplices y partícipes
de esta rebelión (Casca, Decio, Cina, Metelo, Trebonio,
Cayo Ligario) que esa organización secreta —esa
suerte de frente cohesionado— puede resultar tan frágil
e inocente, a pesar de los resultados parcialmente exitosos.
Y es que esa parcialidad del éxito sólo se
remite a un César asesinado, ejecutado, que yace
ensangrentado tras varias puñaladas, pero que, aun
muerto, clama inmediata venganza. De inmediato, Shakespeare
traspone los escenarios y no es más el campo de los
conspiradores ni su supuesta actitud “justiciera”
o “legítima” sino el campo de batalla
donde se decidirán los destinos y temas mayores.
Roma necesita, reclama un nuevo orden. Ya hemos visto a
la turba enfurecida, después de las persistentes
palabras de Marco Antonio, ahora asistimos al escenario
bélico, donde las cosas son, incluso, más
complicadas que la conspiración inicial.
En dicho sentido, ese despliegue de órdenes y avances,
de acosar y cercar a los enemigos, y los propios cuasisuicidios
de Casio y Bruto que son, a la larga, suicidios personales
pero también políticos, muestran ya el panorama
que ha desencadenado la tragedia. Los motivos son irreconciliables.
Aquí se extinguieron los presagios y la acción
se expande, se diversifica entre los campamentos de un bando
y otro. El triunvirato que saldrá victorioso de esta
pequeña gran guerra, definitiva en sí misma,
no recuperará la figura mancillada de César,
sino que a su vez es manifestación de apetitos y
ambiciones personales. Ya Antonio, por ejemplo, casi al
principio del Cuarto Acto, en un parlamento se aventura
a predecir el futuro de Lépido.
Estos apetitos que se han mantenido escondidos en apariencia
pero que se distinguen tanto y con mucha claridad en el
discurso de Marco Antonio ante el cuerpo de César
e incluso se vislumbran en su propia actitud de “negociación”
con Bruto y sus seguidores, sí, estos apetitos que
creíamos propios solamente de los conspiradores,
encuentran un reflejo paralelo e inequívoco en los
líderes militares que se imponen al final.
La arquitectura de “Julio César”, su
textura poética, son elementos precisos para representar
en este arte doble de politizar y guerrear. La pugna por
el poder no admite remilgos ni reservas. No importa quién
ni cuántos mueran. El carácter de esta tragedia
universal de Shakespeare refleja, precisamente, su contemporaneidad
en esos enfrentamientos continuos, esas intenciones persuasivas,
esa retórica del ponerse a salvo y buscar una posición
más elevada, menos riesgosa. Son síntomas
y características —la traición, el castigo,
la lucha— que inequívocamente se comprueban
día a día en el mundo de hoy. Shakespeare
no sólo acudió a un pasado relativamente lejano,
“clásico”, sino que proyectó su
mirada hacia un futuro que también se le ofrecía
negro, a un mundo de sevicia, crueldad y dolor, lleno de
constantes conspiraciones. Por ello, Julio César,
tragedia entre tragedias de las shakesperianas, simboliza
ese acierto visionario además de la fina percepción
del autor ya no sólo por la individualidad del ser
sino por el comportamiento de un colectivo, de un grupo
que planea y ejecuta y que luego se refugia, o cree refugiarse,
en su propia orfandad, desarmado y vencido. Este “juego
de emociones” es, sin dejar nunca de lado el aspecto
político, una visión de conjunto que expresa
desacuerdos y pactos bajo la mesa. La urgencia de negociar
hasta la vida.
¿Qué es Julio César sino la puesta
al día permanente del ocaso de un régimen
y el nacimiento inmediato o más aun la imposición
de otro modelo? Es lo que sucedió en el siglo XX,
con asesinatos de gobernantes, con cambios de ideologías,
con nuevas aperturas y abandono de modelos, con invasiones
y guerras, con violaciones de derechos humanos. El mundo
como una tragedia es un concepto que va más allá,
que se
impone al aparente acto un tanto más simple del grupo
de conspiradores. No hay verdad a medias, todo queda explícito,
todos, al mismo tiempo, pertenecen a un movimiento y están
al margen de un orden. Como si se exiliaran de él
sin quererlo o, en todo caso, resultan en esa condición
como producto de sus acciones personales.
Así, Bruto se debate entre esa pertenencia y su
repentino liderazgo pero también está enfrentado
a su soledad e inseguridad. Casio, aparentemente más
seguro, no convoca más que a su propia conciencia,
pero tampoco revela una lucidez digna de un gran líder.
Y el resto de conspiradores es consciente de sus argumentos
y son partícipes de su propia aventura —vamos
a llamarla así— mas cuando se embarcan en ella
están firmando su propia sentencia de muerte. En
el aludido “juego de emociones”, el asesinato
de César conduce a la propia sanción, casi
inmediata, de los responsables.
Esta dinámica de la obra es la que, precisamente,
nos permite hablar de ella como tragedia y de su específico
“sentido trágico”. Incluso en el sentido
de la tradición griega porque aquí también
el destino parece escrito de antemano y si todos, ya no
sólo César, tienen que ser sacrificados, ello
es consistente muestra de esa visión, un tanto “maldita”
y “enrarecida”, del propio complot y cómo
se ofrece en la obra.
Shakespeare impone, entre la variedad del discurso teatral,
un juicio decisivo. El público, el lector asisten
cada vez más sorprendidos, apresurados, hacia el
final de esta obra mayor, como si el hecho central —el
que pareciera serlo, el asesinato de César—
sólo fuera un eslabón, doblemente importante,
por cierto, en una cadena que conduce, sin redención,
a lo salvaje, lo antinatural, lo primitivo, feroz y tanático.
Lo prehumano no puede ser de ningún modo una virtud,
y Shakespeare por ello lo muestra de tal forma que rechazamos
esos comportamientos pero a la vez nos sentimos como enlazados,
integrados, hasta cómplices de las simpatías
que nos generan unos personajes más que otros. Esta
dualidad del mundo “normal” y el más
real de los conflictos domina la obra desde varias perspectivas;
una de ellas es la expresión constante de Casio,
Bruto, Marco Antonio, seres que parecen, en algunos casos,
elevarse y sobredimensionarse a causa de sus propias ambiciones
y necesidad de poder, y que, en la misma medida, caen, envilecidos,
autotraicionados, por último sin capacidad de reaccionar,
más que ante la espada que se incrusta en su propio
cuerpo, como en el caso de Bruto y Casio. Ello denota, en
este caso también, el castigo por esa conspiración,
aparentemente tan bien intencionada, según sus promotores,
para acabar con un tirano. Todos pierden en esta obra, de
algún modo. Y sólo se respira, en última
instancia, polución y maldad humanas, un “despertar
trágico” tras un sueño instantáneo
de poder y gloria.
Bibliografía:
Bloom, Harold. El canon occidental.
Barcelona: Anagrama, 2002.
Girard, René. Shakespeare. Los fuegos
de la envidia. Barcelona: Anagrama, 1995.
Shakespeare, William. Julio César.
Traducción de Alejandra Rojas. Buenos
Aires: Norma, 1999.
Traversi, Derek. Shakespeare: The
Roman Plays.
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(1)
Crítioco de cine