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'Los
Coen para el Oscar'
HEROÍNAS
POSMODERNAS: LAS MUJERES COMO PROTAGONISTAS EN QUIÉN
MATÓ A LA LLAMITA BLANCA
Y AMERICAN VISA
Por:
Jorge Zavaleta Balarezo
-Crítico de Cine-
Corresponsal - Pittsburg (USA)
Quién mató a la llamita blanca
y American Visa son dos muestras muy diferentes entre sí,
artística e ideológicamente, del reciente cine
boliviano. La primera, dirigida por Rodrigo Bellott, un joven
y contestatario cineasta, recurre a una original puesta en
escena que de inmediato logró éxito de público
y de alguna critica al mostrar los eternos males de su país.
El estilo chirriante, burlón, que
va mas allá de lo cómico y hace del propio relato
un motivo humorístico, se conjuga, sin embargo, con
la posibilidad de cuánto de ese discurso crítico
alude a una situación realmente seria y urgida.
Así, los protagonistas de la película
-la pareja formada por Domitila y Jacinto- simulan ser traficantes
de droga, como parte de un operativo secreto, para desenmascarar
a los verdaderos criminales. De esta manera, recorren buena
parte del territorio boliviano y son capaces de evadir todos
los controles. Mientras tanto, un personaje anónimo,
vestido con diferentes atuendos, enumera en diferentes situaciones
todos los males bolivianos, desde el cáncer de la corrupción
hasta la inutilidad de los políticos. Pero también,
por cierto, cita la pasividad de la población que permite
se cometan tamaños despropósitos.
La película mantiene en todo momento
una posición cuestionadora, elaborada inteligentemente
a partir de una anécdota, quizá pueril. La trama
tiene de “road movie” pero también de película
policial. Su estética apela a las formas del vídeo
clip, al cómic, a los fondos desenfocados, a los planos
coloridos y filtrados y, como un homenaje -o “guiño”-
del director al célebre Brian de Palma, incluso divide
el encuadre en dos, tres o cuatro partes para dar cuenta de
situaciones paralelas.
Nos interesa remarcar, en este trabajo, el
papel de Domitila tanto como el de Blanca en American Visa.
Domitila es una mujer independiente, rebelde, conocedora de
sus derechos. El rol subalterno de la mujer, tan reiterado
y extendido en América Latina, cobra otra dimensión
y desdice dicha tradición con este vivaz personaje.
No solo se trata de un personaje muy verosímil,
dentro de una historia que más o menos también
podría ser creíble (sobre todo por las alusiones
al narcotráfico, al valle del Chapare, a la policía
antidrogas o a la presencia norteamericana).
Con Domitila sucede un caso bastante singular.
Es un criatura plena, llena de vida, que se da tiempo para
bailar, comer, amar. Goza de su existencia, sin prejuicios,
porque incluso, junto con Jacinto, “invade” los
espacios de una clase social supuestamente más elevada
como en la escena de la piscina del hotel.
Pero, además, ella manifiesta una
curiosa independencia que rescata y valora su propia sexualidad.
El modo cómo Hollywood y el cine occidental (quizá
con la única excepción de Francia) han apostado
siempre por la historia romántica pero con el predominio
de la figura masculina es desvirtuado en esta cinta boliviana.
La presencia de los “latin lovers” en el cine
norteamericano, desde Valentino hasta Antonio Banderas, es
un buen ejemplo del molde tradicional.
La mujer, dentro de estos cánones,
puede ser, es cierto, heroína, pero su corporalidad,
su sexualidad, y la libertad que podría tener sobre
ellas no son necesariamente muestras de esa heroicidad. No
siempre, al menos.
Mujeres dominantes del cine clásico
han sido Marlene Dietrich, Bette Davis o Joan Crawford. Mujeres
que incluso tenían algo de masculino. En Quién
mató a la llamita blanca la digresión se produce
porque en tanto Jacinto tiene relaciones sexuales con una
turista francesa y luego va a un prostíbulo porque
la “necesidad” lo acosa, Domitila busca su propia
aventura y satisfacción sexual. Quizá no solo
como una “osadía” sino como un acto de
rebeldía ante la supuesta omnipotencia de su compañero
machista.
Este elemento, tan singular y atípico
en la tradición cinematográfica, revela una
elaboración muy fina de la figura de la protagonista.
Es un personaje que parece de carne y hueso, como parte de
una película definitivamente transgresora, cuya misión
ya no es desestabilizar al sistema, porque este ya está
hundido, sino, quizá, enterrarlo un poco más.
Las acciones de Domitila y su posterior embarazo,
tras su “affair” con un agente antinarcóticos,
le dan otro giro al relato. El final de la cinta es doble.
Alude a esos finales idealistas del cine norteamericano, que
es, por último, del cual beben la técnica y
el guión de Bellott y sus colaboradores, aunque en
otros términos lo contrasten. El término de
las acciones y la reincorporación del héroe
a su estatus y a la sociedad han sido trabajados desde el
cine norteamericano de los años treinta, en películas
como Caballero sin espada, de Frank Capra, o en los años
cuarenta con Días sin huella, de Billy Wilder.
Así, en esta película sudamericana,
tras todas las peripecias vividas, la pareja, unida, mirará
el horizonte con esperanzas, como un nuevo amanecer, y con
un hijo por venir. La película, a estas alturas, desacelera
el ritmo, deja de apelar al cómic, al ruido, al pastiche
y a la onomatopeya y ofrece un final suave, quizá hasta
condescendiente. La lección, sin embargo, está
señalada: las mujeres, desde su aparente debilidad,
son, más allá de los episodios triviales u operáticos,
seres con autonomía y personalidad.
Es una mujer, también, la que domina
el relato de American Visa, de Juan Carlos Valdivia. Las escenas
iniciales de esta película, basada en la novela de
Juan de Recacochea, muestran, en planos aéreos, a un
bus que serpentea los caminos de la sierra, anunciando la
inestabilidad que va a ser el sello de este filme.
En efecto, Blanca es una bailarina de cabaret
y prostituta, quien encontrará en el protagonista,
Mario Alvarez -el cual busca la visa para su sueño
(norte)americano-, el motivo para dejar su poco edificante
oficio. Se enamora, reflexiona, se apasiona. Y mientras esto
sucede, va capturando no solo emocionalmente a su objeto del
deseo sino que se convertirá en administradora de su
vida, de sus sentimientos. Y no se trata de una invasión
de privacidad. Es su condición, también aquí,
de mujer decidida, deseosa de dejar de ser objeto, la que
la impulsa a esperar una vida liberada y diferente.
American Visa, curiosamente, es otro producto
con claras influencias del cine norteamericano. Mostrar La
Paz de noche, con la complejidad de sus barrios y calles,
iluminados o a veces demasiado sombríos, remite particularmente
a la estética que en los últimos años
ha hecho suya Michael Mann, autor de recientes clásicos
prefabricados como Miami Vice, Colateral o Fuego contra fuego.
No está mal que la película
tenga esas influencias. Quizá sí esté
mal que se redondee tan fácilmente. Que todos los cabos
se aten, repentinamente, para que el espectador admire una
vez más el “talento” de cierto cine.
Como en otras películas sudamericanas
-sobre todo de Perú y Chile-, American Visa se regodea
en sus propias fórmulas o en sus debilidades. Inventa
aventuras sexuales, como el repentino encuentro del protagonista
con una mujer en el auto, tras la fiesta, o lo presenta como
un ser que peor fortuna no puede tener.
Con todo, y volviendo al rol de Blanca, ella
es, dentro de la sinuosidad del relato, un personaje que ha
sido elaborado con más cuidado. La actriz Kate del
Castillo agrega al atractivo “occidentalizado”
de sus rasgos físicos, cierta confianza e incluso agresividad,
consiguiendo que su personaje opaque a los demás.
Cuando leemos la novela de Recacochea y vemos
la obra de Valdivia nos damos cuenta de las filiaciones y
de las deslealtades, estas últimas más graves.
Los personajes son más creíbles y desenvueltos
en el texto literario. La fácil e irreverente adaptación
que hace la cinta se debe a su condición de producto
destinado a la exportación, meramente comercial, que
ya no pretende ser considerado “artístico”.
De allí sus imágenes inefables, de postal, del
lago Titicaca o ciertas pinceladas de La Paz, obviando todo
contexto.
Blanca tiene un proyecto que va a problematizar
a Mario. Ella quiere una vida nueva. No quiere ir a Estados
Unidos porque dice no comprender nada de la cultura de ese
país. Es como si dijera “qué voy a hacer
yo allá”. Si bien es consciente de las ideas
de Mario -conseguir la visa para reunirse con su hijo- la
postura de Blanca es tan fuerte que, contradictoriamente,
como en una dialéctica de la urgencia, apoya a Alvarez
en su afán por conseguir la visa, hecho que finalmente
se produce no por los canales formales sino por los más
oscuros. Esta situación de inestabilidad, ligada a
la corrupción, emparentaría, solo por coincidencia,
las miradas de la pelicula de Bellott con la de Valdivia.
La mujer en American Visa nuevamente es un
sujeto con poder. No solo se trata de que se enamore y tenga
sueños opiáceos. No, lo que ocurre es que actúa,
ejecuta y cumple. Blanca, por ello, está revestida
de una extraña moral. Capaz de comprometerse con sus
ideas así se dedique a una actividad que para muchos
resultaría abyecta.
Aunque ocurren muchas cosas en la película,
en esta lucha por un documento que en estos tiempos es muy
cotizado, subyace a la obra, otra vez, la independencia del
rol femenino. El final rosa, imprescindible en este tipo de
producciones, guarda consigo, sin embargo, el cumplimiento
de los deseos de Blanca. Ella, finalmente, es la que orienta,
se arriesga y triunfa en esta historia. Una actitud interesante
en una ficción lograda a medias y que traiciona el
espíritu de la “novela negra” en que se
basa.
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Jorge Zavaleta Balarezo, escritor y crítico de cine.
Escribe para Gestión de Lima y para las agencias de
México Notimex y de Alemania DPA. Actualmente escribe
en la sección literaria Uno+Uno de México y
en el Departamento de Estudios Iberoamericanos de la Universidad
de Pittsburgh, Pensylvania. Es corresponsal de la Agencia
RegiónPress desde Pittsburgh, Estados Unidos.
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