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Por: Francisco Carranza Romero*
Foto: Carlos Gallo V.

LA CIUDAD Y LOS PERROS

Este artículo, por si acaso, no se ocupa de la famosa novela de Mario Vargas Llosa, “La ciudad y los perros”, que sacó muchas ronchas a los militares. En este texto la referencia es el animal perro dentro del ambiente citadino.

La ciudad de Lima, durante estos días, se parece a una nerviosa dama sometida a intensas, rápidas y urgentes operaciones de cirugía estética para presentarla atractiva ante los ojos de los importantes visitantes extranjeros. Toda esta preocupación y labor de maquillaje es loable; lo malo es que la labor fue programada exactamente para los días antes del evento. De todas maneras, Lima debe aparecer bonita y coqueta porque está de protagonista en la noticia mundial.

Las autoridades peruanas, reiteradamente, invocan patriotismo a los peruanos para que, mientras se celebren las importantes reuniones internacionales, se contengan de reclamar y protestar por justificadas razones que tengan. Es que ellos también quieren quedar como buenos anfitriones de los ilustres visitantes. Y los gremios sindicales, parece que, por la prudencia o por el patriotismo, van comprendiendo y postergando sus reclamos; ellos también desean demostrar que no son los aguafiestas ni los causantes de los problemas del país.

Las restricciones de la circulación de vehículos y personas comunes en las zonas de los eventos incomodan a los pobres ciudadanos que, por el patriotismo o porque no les queda otro remedio, colaboran cumpliendo las nuevas disposiciones.

Sin embargo, por los parques y veredas cercanos a los inmuebles donde van a estar los ilustres visitantes los perros se pasean olfateando y marcando sus territorios con sus excrementos y orinas. Los vigilantes del serenazgo y los policías se pasean uniformados en motocicletas y automóviles mirando el espectáculo diario de los paseos caninos, y no dicen nada porque no están mandados para controlar la conducta canina. Cuando se les hace ver el problema, se disculpan: “Si pues…, pero no hay disposiciones. Nosotros sólo cumplimos órdenes superiores”. Los entendemos, ellos no hacen nada si no les mandan sus jefes. No están formados para tomar las iniciativas. Y los superiores que, quizás no ven ni se dan por informados de los problemas, tampoco hacen nada.

Los peatones que, necesariamente transitan cediendo el paso a los perros sin bozal que pueden morderlos, tienen que andar con los ojos y el olfato atentos para no tropezarse ni resbalarse con los montoncitos de heces multicolores y multiformes depositados en las vías. Ocurre que los canifilos limeños mandan a su personal de servicio para que saque a pasear a las mascotas sin ningún criterio de higiene ni seguridad. Este espectáculo diario hace suponer que los municipios limeños no tienen las normas referentes a la convivencia humana y perruna. Y si tienen las normas, éstas están archivadas y no se cumplen.

Las partes bajas de los postes, muros y árboles muestran también las huellas de la orina de los perros que no han perdido las oportunidades para marcar sus fronteras. Las áreas verdes de césped se han convertido en depósitos de heces caninas que, con la humedad de la llovizna o de los regadores, sirven de abono. Allí, exactamente, brotan los hongos.
Y cuando solea todo se seca, se hace polvo, se eleva con el viento y se pasea por la ciudad contaminando y acariciando los rostros de los ciudadanos que transitan por Lima.

Siquiera por la celebración de los compromisos internacionales se debe reglamentar y hacer cumplir el modo de criar los perros dentro de la ciudad. ( RegiónPress)

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* Francisco Carranza Romero, del Instituto de Estudios de Asia y América, Universidad Dankook, Seúl, Corea

 

 
Agencia RegiónPress / Lima - Perú   

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